martes, 26 de enero de 2016

Giovinezza

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 26 de enero de 2016 dentro de la columna Club Diógenes)


“Giovinezza, giovinezza, primavera di bellezza” cantaba el amado y maldito D´Annunzio, ese autor protegido del fascismo pero del que nunca se fiaron del todo los lobeznos del Duce Mussolini. Recuerdo estos versos del incansable seductor italiano cada vez que visito la que fue su obra maestra: il Vittoriale, su casa rodeada de cipreses, de bibelots, inscripciones latinas y libros alemanes, de perfumes amargos, medicamentos ya venenosos y piedras antiquísimas, ese museo desbordante, en suma, y que ya en su propia época resultó exagerado hasta para el que voluntariamente decidió reposar allí, a la vista de las pacíficas aguas del Garda. Requiescat in pacem, giovinezza. Porque allí, donde inevitablemente se funden el frescor del lago y la canícula, el esplendor juvenil y la muerte, el deporte y la decrepitud se unen metafóricamente con invisibles lazos. Como ese poeta supo expresar, la giovinezza es una etapa en flor, primaveral, de duración incierta, que transcurre más allá de los vaivenes de la adolescencia y se prolonga hasta que el cuerpo aguante…

 No he visto aún la nueva película del pedante Sorrentino, estrenada en España hace escasos días y cuyo título original es precisamente Giovinezza. Pero anticipándome a su desarrollo, comprende uno el por qué de esta palabra que fue himno en tiempos pretéritos y oscuros y que no tiene traducción exacta al castellano. Hay algo obsesivo en los italianos del Norte (especialmente en género masculino) con este devenir de la vida. La giovinezza, en definitiva, se explica como un período y una pose que alcanza en su estética y planteamiento algo de pacto secreto, de amarre ilógico del que no queremos desengancharnos nunca. Nadie, que sepamos, aspira de manera consciente a alcanzar la madurez por lo que la postergación de su inevitable aterrizaje es precisamente lo que se conoce con tan lírico vocablo. 

 Trata uno a diario con adolescentes, los cuales no meditan acerca de la caducidad de su estado. Ni tienen por qué hacerlo. La giovinezza, por el contrario, implica ya un necesario estado de consciencia, en el que se vislumbran no sólo los prodigios de ese tiempo sino también la inevitable pérdida. En días pasados se ha fallado el Premio de poesía Jaime Gil de Biedma y Alba de la cercana localidad segoviana de Nava de la Asunción. Gil de Biedma, aunque de formación más anglosajona que italiana, comprendió a la perfección el drama de la giovinezza (envejecer es el único argumento de la obra…) Su pueblo, el lugar en el que pasó su adolescencia y donde está enterrado, concede anualmente un pequeño y dignísimo premio literario. Como en inesperado golpe de boomerang, la ganadora de este año ha resultado ser una inédita escritora joven de 15 años, Amanda San Román Sastre con un poema, inspirado en un personaje de Delibes, que es en realidad una reflexión sobre la muerte. Bienvenida seas. Es un soplo poético fresco que viene de donde menos lo esperábamos. Las estanterías de las selectas librerías están llenas ahora de jovencitas que agotan ediciones con libros inanes sobre copas, apuntes, tuits y besos. Y una adolescente nos escribe con una profundidad inusitada sobre Delibes y la muerte. Si así escribe ahora, qué no podrá lograr cuando alcance la giovinezza. Enhorabuena. 


David Ferrer.